ENTRE COPAS, DE OLITE A TUDELA

Que no, que el vino de la D.O. Navarra no es una marca blanca del riojano. Y para muestra esta ruta bodeguera en la que la personalidad y modernidad de estos vinos se cata y, también, se visita.

Poco se está hablando de la revolución silenciosa que están viviendo los caldo navarricos. Atrás quedó aquella época en la que sus amplios pagos servían para producir a granel uvas de gusto francés y riojano.

Hoy en día, en sus copas se mezclan las influencias del Atlántico, la frescura del norte y la calidad de unas cepas que se extienden a lo largo de su vasto territorio. Navarra es terroir e inquietud. Una variedad inclasificable de suelos donde cada variedad se comporta a su antojo, haciendo que monte, vega y desierto se concentren en un solo sorbo. Y una generación de enólogos capaces de encumbrar la garnacha, refrescar sus matices, sublimar las uvas francesas y juguetear con moscatos y monovarietales improbables.

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Que no, que el vino de la D.O. Navarra no es una marca blanca del riojano. Y para muestra esta ruta bodeguera en la que la personalidad y modernidad de estos vinos se cata y, también, se visita.

Poco se está hablando de la revolución silenciosa que están viviendo los caldo navarricos. Atrás quedó aquella época en la que sus amplios pagos servían para producir a granel uvas de gusto francés y riojano.

Hoy en día, en sus copas se mezclan las influencias del Atlántico, la frescura del norte y la calidad de unas cepas que se extienden a lo largo de su vasto territorio. Navarra es terroir e inquietud. Una variedad inclasificable de suelos donde cada variedad se comporta a su antojo, haciendo que monte, vega y desierto se concentren en un solo sorbo. Y una generación de enólogos capaces de encumbrar la garnacha, refrescar sus matices, sublimar las uvas francesas y juguetear con moscatos y monovarietales improbables.

En cuestión de vinos, Navarra es, también, bipolar. La Sierra del Perdónejerce de frontera natural, de muralla entre los grandes pagos del sur y el mosaico del norte. Por eso, para poder ahondar en la primavera enoturística que está experimentando esta región, lo mejor es trazar una línea recta entre Tudela y Olite, entre el Moncayo y la Zona Media, para desviarse en estas direcciones y maridar las catas con otros encantos genuinos.

OLITE CAPITAL

El hecho de estar a medio camino entre las principales subzonas de producción ha hecho que esta cabeza de merindad sea elegida para albergar la sede de la D.O. Pero, además, tiene otro aliciente: el turismo.

Unas 230.000 personas visitan anualmente su fastuoso castillo, una cifra que lo sitúa como el monumento más visitado de la Comunidad Foral y como un imán para curiosos de todo el mundo. Una ventaja que hace que aquí el enoturismo no sea tanto un reclamo como un complemento perfecto.

La capitalidad también se justifica con otros datos sabrosos. El primero, el tener una vinoteca como La Merindad de Olite donde no falta ninguna de las referencias referentes de la región y donde saben maridar cada caldo con platos que nacen en la huerta de Tudela. Y lo hace sin perder esa esencia demesón auténtico, sin moderneces ni alardes innecesarios. Solo con una bodega inacabable y con una pizarra en la que no importan (solo) las marcas, sino también los coupages y las añadas.

El otro rasgo es el de albergar la Falcon Crest de las bodegas navarrasMarco Real se alza como una bodega de proporciones inmensas, un tanto ochenteras e industriales, pero que en los últimos años se ha sabido reciclar.

Una labor de modernización que se nota en la cata de sus numerosas referencias pero también en la visita de la parte ‘pija’, la nave más cuidada del complejo donde destaca su sala de los aromas. Aquí los urbanitas (por fin) aprenden a qué huele el clavo. Otra cosa es encontrarlo en los vinos…

DOTHRAKIS Y KHALEESIS

También en Olite se encuentra la sede de Ochoa, una de esas vinificadoras a las que no hay que perder de vista.

Todo comenzó con un padre, Javier, quien no se conformó con hacer el vino de siempre y fomentó que su bodega fuera la primera en realizar unproyecto de I+D apoyado por el CDTI sobre el cultivo de la uva moscatel.

Desde entonces todo ha sido creatividad e imaginación, algo que sus hijas, Adriana y Beatriz, han heredado y han transformado en vinos modernos como ese moscato resultón o el monovarietal de graciano al que llamaron‘Mil gracias’.

Al margen de un espíritu inconformista, lo que caracteriza a esta bodega es el haber sabido sacarle rendimiento al terreno como pocas. De hecho, algunos de sus pagos se extienden hasta los límites de las Bardenas Reales, el mar Dothraki de la ficción de la HBO. Y es que las vistas desde su finca de Traibuena son, como mínimo, épicas, con la moscatel en el primer plano, las formaciones semidesérticas en el segundo y el solitario Moncayo (nuestro Monte Fuji) al fondo.

De vuelta a la sede, la visita poco a poco deriva a conversaciones sobre la familia, curiosidades enológicas y catas desde depósitos donde la garnacha se abre como un nardo en flor. Sí, hay momentos para la fotogenia puesto que se trata de una casa cuidada, pero el mejor recuerdo de esta experiencia es el de las charlas maridadas y el de la pasión de una familia.

ENTRE LA TOSCANA Y BARCELÓ

Rumbo al sur el paisaje se atolondra. Tan pronto aparecen canteras como olivares y latifundios sureños donde ha crecido y crecerá cualquier cereal. Nada hace indicar que haya una bodega en medio de la nada. Y sin embargo, no existe mejor definición geográfica para Pagos de Aráiz que esta.

Llegar hasta aquí requiere ser experto y feligrés de Google Maps ya que los cruces de caminos y la ausencia de 4G ayudan a la confusión.

Pero de repente aparecen los cipreses y el viajero piensa que, o está muerto, o ha llegado a la Toscana. El camino se convierte en una carretera flanqueada por estos enhiestos surtidores de sombra y sueño hasta que se llega a un complejo presidido por una casa de campo historicista.

Más allá de esta bienvenida, lo que hipnotiza de Aráiz es su conexión con el arte. De hecho, todo el complejo está regado con obras de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson, haciendo que la visita sea casi más museística que enológica.

No obstante, puestos a maridar, merece la pena armonizar sus blancos con la Galería de los Apóstoles, un conjunto de estatuas románicas de cuyo origen no quieren acordarse. También brindar con su rosado en lo alto de la terraza japonesa o pasear con su crianza por la casa campestre entre obras notable. Y es que de sus paredes cuelgan creaciones de Canogar y Barceló mientras que el techo de su recibidor está adornado con artesonado mudéjar.

MÁS QUE UNA VIEJA HARINERA

Hay que eliminar todo prejuicio enoturístico cuando se encara Marqués de Montecierzo. Al principio puede parecer una bodega creada por y para ser vista, pero en cuanto Joaquín comienza sus explicaciones y derrocha su carisma todo cambia.

En esta antigua harinera remodelada por sus actuales propietarios reciben con alegría a más de 15.000 visitantes al año. Su vocación, que no su cruz, es la de evangelizar y demostrar a la gente que el vino navarro es, también, atractivo. Pero, sobre todo, hacerlo desde la normalidad absoluta, sin heroicidades, puntos Parker ni hipérboles.

De ahí que el recorrido por este titánico edificio se alterne con las anécdotas de su rehabilitación, con las referencias a su antiguo uso (hasta aquí se desviaban las vías del tren para cargar con la harina, por ejemplo) y con otras experiencias enoturísticas como los conciertos que se montan en su patio o las catas infantiles de uvas en temporada.

La degustación final es, también, una sorpresa. Su rosado Emergente es el best seller de esta bodega ya que su calidad le ha hecho ganar en varios años el premio al mejor de su categoría en el concurso que organiza anualmente la D.O. Además, en la enorme sala se exhiben antiguas máquinas de la fábrica para el fetichismo y disfrute de los más nostálgicos.

SABROSO BALUARTE

Los últimos años de Pago de Cirsus han sido, cuanto menos, catárticos. El cambio de propietario ha supuesto para la noble Finca Bolandin una vuelta de tuerca. No es que hayan cambiado la fachada, simplemente han actualizado sus servicios y sus vinos. Y eso se nota.

Subir hasta la colina desde donde gobierna su torre pseudomedieval ya es una experiencia valiosa por sí misma. Las vistas desde lo alto provocan a Instagram a cualquier hora del día mientras que la bodega aquí no solo se recorre, también se paladea. Y es que los otros usos de este complejo lo convierten en un imprescindible del enoturismo en España.

El restaurante se ha convertido en el motivo del viaje para muchos. Es cierto que en los primeros minutos de la experiencia la vista se pierde en los viñedos en su terraza y en la sala de barricas que, separada por un gran cristal, acompaña a los comensales en el interior.

Después comienza un show de platos que se mueven en perfecto equilibrio entre la tradición ribereña y el toquecito vanguardista y exótico. Y, como el menú se diseña teniendo muy en cuenta el maridaje, el resultado hace que sus vinos de pago sean el mejor maestro de ceremonia.

No protagonizan el show, más bien lo perfeccionan. Todo un éxito que le ha hecho ser reconocido con un Sol Repsol pero, sobre todo, le ha convertido en un mantel de referencia para todo aquel que ronde Tudela.

La curiosa/inevitable torre aloja, también, un hotel de estética medieval pero que evita lo viejuno y lo carca. Sus estancias son amplias, cómodas, plagadas de todo lujo de detalles y referencias vinateras, con un servicio muy acogedor y con unas vistas sobre la hacienda que mejoran cualquier amanecer.

FUENTE: Con información de Traveler