Transcurridos treinta años desde la apertura de los campamentos de refugiados de Dadaab (mi antiguo hogar, al este de Kenya), me entristece verlo hacinado nuevamente debido a la llegada de personas que huyen de la sequía y del conflicto en Somalia.


Más de 110.000 somalíes han cruzado la frontera con Kenya en los últimos dos años.

Crecí en Dadaab, así que empatizo con la historia de estas personas, que huyen para ponerse a salvo. Estuve en una situación similar en 1991, cuando mi familia huyó de la guerra civil en Somalia.

Solo tenía tres años en aquel momento. Mi madre y mi padre me dijeron que había hombres armados matando gente y saqueando nuestra aldea. Tuvimos suerte porque logramos escapar. Condujimos cinco días hasta llegar a la frontera con Kenya. En el trayecto nos acompañaron el hambre y el peligro. Agotamos todos nuestros recursos: nos quedamos sin agua ni alimento, pero en el camino nos topamos con personas muy generosas que nos apoyaron.

El campamento de Dadaab se convirtió en mi hogar y, aun con sus limitaciones, pude ir a la escuela y formarme en periodismo. Siento que, en comparación con las personas jóvenes que viven ahí ahora, yo tuve muchas más oportunidades entre 1990 y los 2000. En aquel momento, no había guerra en Ucrania, Siria ni Sudán, así que, por lo menos, el mundo conocía nuestra situación (o sea, recibíamos un poco de atención).

La peor sequía en 40 años

Hoy, sin embargo, todo ha cambiado. Parece que nadie sabe de la crisis en el Cuerno de África. Muchas vidas han sido trastornadas porque no ha caído lluvia en cinco temporadas consecutivas. Quienes cruzan fronteras para ponerse a salvo no reciben ayuda, pues el resto trata de reponerse del impacto de una sequía de larga duración. 

Hace poco visité el campamento que una vez fue mi hogar para entrevistarme con sus residentes y conocer qué estragos ha causado la sequía. Conocí a Amina Osman, de 35 años, quien ha sido granjera toda su vida – cultivaba mangos, asiminas y cocos – a la orilla del río Jubba, en Jilib, su aldea de origen, en la región de Middle Jubba, en Somalia. Por la prolongada sequía, se ha secado el río del que dependían sus medios de vida.

“Nunca había visto una sequía así en toda mi vida”, señaló esta mujer, que tiene ocho hijos. “Nuestro sustento venía de los árboles de mango, que se secaron, al igual que todos los árboles en la granja, que se cayeron porque sus raíces ya no podían sostenerlos”.

Como no hubo más cultivos, su supervivencia dependía de los pocos animales hambrientos que les quedaban. Hace cinco meses, luego de haber agotado todos sus recursos, Amina no tuvo más opción que huir con sus hijos para buscar agua y comida.

Una mujer sentada en el suelo, frente a un albergue, rodeada de cinco niños

Amina Osman tuvo que abandonar su granja en la región de Middle Jubba, en Somalia; caminaron durante tres semanas hasta llegar a la frontera con Kenya. Dos de sus hijos no lograron sobrevivir.

© ACNUR/Abdullahi Mire

Su trayecto duró tres semanas; en ese momento dependían enteramente de la ayuda que recibían de extraños que se encontraban en el camino. Por desgracia, dos de sus hijos murieron después de haber cruzado la frontera; estaban por llegar a Dadaab.

Es la segunda vez que Amina debe salir de su país. La primera fue en 2011, cuando la hambruna la obligó a huir en dirección a Kenya, pero pudo volver a casa y reanudar su vida; sin embargo, la sequía la expulsó nuevamente tiempo después.

La gravedad de la sequía es tal, que Amina cree que no podrá volver nunca a su país. “No sucederá jamás. Me quedaré aquí o iré a donde Alá me dé paz y sustento”, aseveró.

Esta sequía, que se debe al cambio climático, es la peor en cuarenta años. Alasa Adan, de 80 años, nunca había visto algo parecido. El hambre provocó la muerte de cuatro de sus nietos; esto ocurrió antes de que ella huyera en dirección a Kenya buscando protección y alimento. “La sequía es peor que el conflicto: no te puedes esconder del hambre”, subrayó.

Siendo periodista, he estado en Dadaab varias veces desde que me fui de ahí, en 2013. En aquel momento, fui testigo de la llegada de personas de Somalia, pero la crisis actual es mucho peor.

Las personas refugiadas necesitan ayuda

Las escenas que hoy se ven en Dadaab me recuerdan a la hambruna que hubo en 2011, la cual, según la ONU, cobró más de 250.000 vidas. Ahora y en ese momento, quienes llegan a los campamentos lo hacen apenas con la ropa que llevan puesta, o bien con un par de pertenencias que llevaron consigo en carros tirados por burros.

Estas personas llegan exhaustas y hambrientas luego de arduas travesías; además, la espalda de los burros se llena de escaras por la carga que llevan sobre sí. 

Lo peor de todo es que la comunidad a la que llegan ya ha sufrido los estragos de la sequía y de la inseguridad alimentaria. Conforme aumenta la población de los campamentos, los recursos se agotan. Cuando yo vivía ahí, las personas salían a recibir a quienes acababan de llegar y compartían comida, agua y ropa mientras concluía su registro oficial. Hoy, sin embargo, escenas de este tipo son cada vez menos comunes, pues no queda nada para compartir. 

En los campamentos de Dadaab residen más de 320.000 refugiados y solicitantes de asilo, pero todos los días llegan más y más personas. El Gobierno de Kenya, en colaboración con la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) y otros socios humanitarios, está ayudando a las personas refugiadas recién llegadas para que tengan acceso a servicios básicos, como alimento, agua y atención médica. 

No obstante, el alcance de la ayuda humanitaria es limitado, sobre todo porque las personas refugiadas, como Amina y Alasa, no tienen manera de saber si podrán volver a casa ni cuándo podrían hacerlo. Necesitan que se les dé oportunidad de emplear sus habilidades y conocimientos para contribuir al desarrollo de la economía local y recuperar el control de sus vidas.

Debemos priorizar las soluciones de manera colectiva, como la integración local y el derecho al trabajo, que permiten a las personas refugiadas alcanzar la autosuficiencia y la seguridad en el largo plazo. En concreto, la integración permite que las personas refugiadas hagan parte de la comunidad de acogida, lo cual les da acceso a educación, atención médica y otros servicios sociales; al mismo tiempo, dejan de depender de la ayuda externa.

Considerando que el Cuerno de África atraviesa la peor sequía vista en generaciones y que parece que no acabará pronto, antes de que esta crisis se convierta en una catástrofe más, debemos emprender tantas acciones como sean necesarias para aliviar el sufrimiento de quienes huyen para ponerse a salvo y de las comunidades que han estado recibiendo a estas personas. 

Abdullahi Mire es periodista y fundadora del Centro Educativo para la Juventud Refugiada. Como antiguo refugiado somalí, vivió en los campamentos de Dadaab desde que tenía tres años hasta que se fue para recibir educación superior. Actualmente vive en Nairobi.

Por admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *